1929-1932: Capítulo 23. Conclusión, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 353-355.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de julio de 1997.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
En las primeras páginas de este trabajo hemos intentado
poner de manifiesto cuán profundamente enraizada estaba
la revolución de Octubre en las relaciones sociales de
Rusia. Nuestro análisis no ha sido construido, ni mucho
menos, retrospectivamente a la vista de los acontecimientos consumados,
es anterior a la revolución. Y data incluso del año
1905, que le sirvió de prólogo.
Hemos aspirado en estas páginas a demostrar cómo
actuaron las fuerzas sociales de Rusia sobre los acontecimientos
de la revolución. Hemos seguido la actuación de
los partidos políticos en sus relaciones con las clases.
Las simpatías y las antipatías del autor pueden
dejarse a un lado. Una exposición histórica tiene
derecho a exigir que se reconozca su objetividad si, basándose
en hechos contrastados con precisión, pone al desnudo el
nexo intrínseco que los une en el plano del proceso real
de las relaciones sociales. Las leyes internas que presiden este
proceso y que salen a la luz en esa exposición son la mejor
comprobación de su objetividad.
Por el momento, los acontecimientos de la revolución de
Febrero que hemos hecho desfilar ante los ojos del lector han
confirmado el pronóstico teórico, por lo menos a
medias, por el método de las eliminaciones sucesivas: antes
de que el proletariado subiera al poder, la vida se encargó
de someter a prueba y desechar por inservibles todas las demás
variantes del proceso político.
El gobierno de la burguesía liberal, con su rehén
democrático, Kerenski, resultó ser un completo fracaso.
Las «jornadas de abril» fueron el primer aviso franco
que la revolución de Octubre daba a la de Febrero. Después
de esto, el gobierno provisional burgués cede el puesto
a un gobierno de coalición, cuya esterilidad no pasa día
sin que se ponga de manifiesto. En la manifestación de
junio, desencadenada por el propio Comité ejecutivo, aunque,
la verdad sea dicha, no de un modo totalmente voluntario, la revolución
de Febrero intenta medir sus fuerzas con la de Octubre y sufre
una derrota cruel. Esta derrota era doblemente fatal por ocurrir
en las calles de Petrogrado y haber sido inflingida por aquellos
mismos obreros y soldados que habían hecho la revolución
de Febrero, que luego les fue arrebatada de las manos por el resto
del país. La manifestación de junio demostró
que los obreros y soldados de Petrogrado navegaban hacia una segunda
revolución, cuyas aspiraciones aparecían inscritas
en sus banderas. Había signos inequívocos de que
el resto del país seguía, aunque con el retraso
inevitable, las huellas de Petrogrado. Al cuarto mes de existencia,
la revolución de Febrero había dado ya políticamente
todo lo que podía dar de sí. Los conciliadores habían
perdido la confianza de los obreros y los soldados. El choque
entre los partidos dirigentes de los soviets y las masas soviéticas
era ya inevitable. Después de la manifestación del
28 de junio, que fue una contrastación pacífica
de los efectivos de las dos revoluciones, la pugna irreductible
entre una y otra tenía que tomar inexorablemente un carácter
declarado y violento.
Así surgieron las «jornadas de julio». Dos semanas
después de la manifestación organizada desde arriba,
aquellos mismos obreros y soldados se echaron ya a la calle por
propia iniciativa y exigieron del Comité ejecutivo central
que tomara el poder. Los conciliadores se negaron a ello rotundamente.
Las jornadas de julio acarrearon encuentros violentos en las calles,
con víctimas, y terminaron con una represión despiadada
contra los bolcheviques, a quienes se declaró responsables
de la inconsistencia del régimen de Febrero. La proposición
que había formulado Tsereteli el 11 de junio y que entonces
fue rechazada -decretar a los bolcheviques fuera de la ley y desarmarlos-
llevóse a la práctica en toda su integridad a principios
de julio. Los periódicos bolcheviques fueron clausurados
y se procedió a la disolución de los regimientos
bolchevistas. Se les quitaron las armas a los obreros. Los jefes
del partido fueron declarados agentes a sueldo del Estado Mayor
alemán. Unos se escondieron, otros fueron a dar con sus
huesos en la cárcel.
Pero en este «triunfo» obtenido en julio por los conciliadores
sobre los bolcheviques, fue precisamente donde se puso de manifiesto,
en toda su magnitud, la impotencia de la democracia. Los demócratas
viéronse obligados a lanzar contra los obreros y los soldados
a tropas abiertamente contrarrevolucionarias, enemigas no sólo
de los bolcheviques, sino también de los soviets: el Comité
ejecutivo no contaba ya con tropas propias.
Los liberales sacaron de esto una conclusión muy certera,
que Miliukov se encargó de formular en forma de dilema:
«¡O Kornílov o Lenin!» En efecto, en la
revolución no había ya sitio para la áurea
mediocridad. ¡O ahora o nunca! se dijo la contrarrevolución.
Y el generalísimo Kornílov se alzó en armas
contra la revolución so pretexto de dar la batalla a los
bolcheviques. Del mismo modo que antes de la revolución
no había forma de oposición legal que no se cubriese
con el manto del patriotismo, es decir, de la necesidad de dar
la batalla a los alemanes, después de la guerra, las diferentes
formas y modalidades de contrarrevolución legal amparábanse
todas en la necesidad de dar la batida a los bolcheviques. Kornílov
contaba con el apoyo de las clases poseedoras y de su partido;
es decir, de los kadetes. Pero esto no fue obstáculo; antes
bien, coadyuvó a que las tropas enviadas por Kornílov
sobre Petrogrado fuesen vencidas sin combate, a que capitularan
sin luchas, evaporándose como una gota de agua al caer
sobre una plancha al rojo. De este modo, realizábase y
fracasaba también el experimento de un golpe de Estado
derechista, dado, además, por un hombre que se hallaba
al frente del ejército; el balance de fuerzas entre las
clases poseedoras y el pueblo fue contrastado sobre la acción,
y en el dilema «Kornílov o Lenin», el general
cayó a tierra como un fruto podrido, aunque Lenin se viera
obligado, por el momento, a permanecer en un apartado rincón.
¿Qué variante quedaba, después de esto, que
no se hubiese intentado, sometido a prueba? Sólo quedaba
la variante del bolchevismo. Efectivamente, después de
la intentona de Kornílov y de su lamentable fracaso, las
masas afluyen en tropel a los bolcheviques, y esta vez definitivamente.
La revolución de Octubre va echándose encima por
la fuerza de la necesidad física. A diferencia de la revolución
de Febrero, calificada de incruenta, aunque en Petrogrado costó
no pocas víctimas la revolución de Octubre triunfa
en la capital real y verdaderamente, sin derramamiento de sangre.
¿Acaso, después de todo esto, no tenemos derecho a
preguntar: qué más pruebas se quieren de que la
revolución de Octubre respondía a las profundas
leyes de la historia? ¿No es evidente que esta revolución
sólo podía parecerles obra de la aventura o de la
demagogia a aquellos a quienes atacaba en lo más sensible,
en el bolsillo? La lucha sangrienta sólo surgió
después de conquistado el poder por los soviets bolcheviques,
cuando las clases derribadas con él, sostenidas materialmente
por los gobiernos de la Entente, hacen esfuerzos desesperados
por recobrar lo perdido. Es entonces cuando comienzan los años
de la guerra civil. Se levanta el Ejército rojo. El país,
hambriento, abraza el comunismo de guerra y se torna en un campamento
espartano. La revolución de Octubre va abriéndose
paso palmo a palmo, bate y rechaza a todos sus enemigos, emprende
la solución de sus problemas económicos, se cura
de las heridas más sensibles de la guerra imperialista
y de la guerra civil y alcanza los más grandes triunfos
en el terreno del desarrollo industrial. Ante ella se alzan, sin
embargo, nuevas dificultades, dimanadas de su aislamiento y del
bloqueo de los potentes países capitalistas que la rodean.
El rezagamiento histórico que ha exaltado al proletariado
ruso al poder, plantéale problemas que, por su misma esencia,
no pueden tener solución íntegramente dentro de
las fronteras de un país aislado. Por eso, los destinos
de este Estado están íntimamente unidos al rumbo
de la historia del mundo.
Este primer volumen, dedicado a la revolución de Febrero, demuestra como y por qué esta revolución tenía que fracasar. El segundo volumen demostrará cómo y por qué triunfó la revolución de Octubre.
Capítulo 24. Las "jornadas de julio". Preparación y comienzo (Tomo II)